Personajes Ilustres




Epitacio Osuna (1853-1931).


Nació en la Villa de San Ignacio. Hizo sus primeros estudios en las escuelas oficiales de su pueblo de origen; después pasó a la capital de la República ingresando en 1869 a la Escuela de Artes y Oficios, donde obtuvo las más altas calificaciones. De ahí pasó al Colegio Militar. Como docente impartió las cátedras de álgebra, de geometría y trigonometría; geometría analítica, mecánica racional y de cálculo diferencial e integral. En diferentes épocas dictó también las cátedras de física y de cosmografía, llegando en todas las ramas de las ciencias matemáticas a alturas que no han sido alcanzadas y todavía por nadie en nuestro estado y en todo el Noroeste de México. Siendo por esta razón reconocido por todos, como el Primer matemático de Sinaloa y del Noroeste del país. Como catedrático del Colegio Rosales y de lo que transitoriamente se llamó Universidad de Occidente, Epitacio Osuna fue quien ha prestado servicios a la cultura superior de Sinaloa durante más largo tiempo y con mayor eficacia. Desempeñó los cargos de Secretario y Tesorero, llegando a ser director del plantel, durante los años de 1916-1917. Se le otorgó una medalla de oro en 1918, por sus méritos académicos. Fue diputado a la Cámara local por una mayoría abrumadora de votos. Siendo diputado no dejó nunca sus cátedras, las cuales continuó impartiendo hasta unos meses antes de su muerte, el 8 de abril de 1931.   Tomado de: Historia de la Educación en Sinaloa, Línea del Tiempo Sobre Educación 1900-2000, Gobierno del Estado de Sinaloa, COBAES, Culiacán, 2000. -Fuente: http://sinaloamx.com/epitacio-osuna/#sthash.2gDdvyx3.dpuf


Heraclio Bernal, rebelde antiporfirista (1855-1888)

conocido como "El rayo de Sinaloa, hijo de Jesús Bernal y Jacinta Zazueta, nació en el seno de una familia de labradores acomodados, en el pueblo de Chaco del municipio de San Ignacio del estado de Sinaloa el 28 de Junio de 1855, donde aprendió las primeras letras de la mano del profesor Ángel Bonilla, quién le enseñó historia regional e inició su admiración por Benito Juárez influenciado por su padre, para después a los doce años, ser enviado a Durango donde terminó la instrucción primaria para luego pasar al Seminario donde estudió hasta los dieciocho años, cuando murieron sus padres y un tío se lo llevó a vivir con él al pueblo minero de Guadalupe de los Reyes donde le consiguió empleo en la compañía minera.

Ahí, a base de inteligencia, dedicación y honradez logró ser ascendido a un puesto de confianza hasta que por una traición preparada por uno de sus compañeros de trabajo; quién también le quitó la novia, fue acusado injustamente del robo de unas barras de plata y enviado a la cárcel a Mazatlán con una sentencia de diez años.

En la cárcel conoció a un español socialista que le facilitó la lectura de textos de Marx, Bakunin, Lassalle , Saint- Simón, Owen y Proudhon, además de libros de sociólogos católicos alemanes. De esas lecturas, Bernal hizo una amalgama de ideas en las que concluía que "todas las riquezas eran producto del robo y los ricos unos ladrones, que tenían en la miseria a los trabajadores, legítimos dueños de las riquezas que con su sudor se producían".

 



Ignacio Millán Maldonado, médico (1892-1963)

Médico y ensayista. Nació en San Ignacio, Sinaloa. Hizo la carrera de medicina en la UNAM. Fue becado por el Centro Rockefeller, de Nueva York, para hacer estudios sobre el cáncer; después estuvo en la Universidad de París. Fue catedrático de la UNAM y publicó en la Revista de Medicina numerosos ensayos científicos sobre su especialidad. Fue fundador de la Sociedad Mexicana de Oncología y de la Escuela de Medicina Rural del IPN. Fue médico de los Ferrocarriles Nacionales de México y director del Servicio de Cancerología del Hospital General hasta 1963. Asistió al Congreso Mundial del Estudio del Cáncer, que se celebró en San Luis Missouri, representando a México. Fue presidente de la Comisión Investigadora contra el Cáncer, y dictó varias conferencias en Europa. Fue un virtuoso del piano y del órgano, y gran aficionado de la fotografía. Publicó muchas poesías bajo seudónimo e hizo una traducción de poetas norteamericanos. Como cuentista se le premió en su estado natal, Sinaloa, y como fotógrafo realizó varias exposiciones en la biblioteca Benjamín Franklin de la ciudad de México, disciplina en la que obtuvo varios premios. Fue miembro del Comité Mexicano de la Paz y presidente de la Sociedad de Amigos de la Unión Soviética. Murió en la ciudad de México en 1963.




Rodolfo T. Loaiza, político y militar (1894-1944)


El loaicismo fue el primer grupo político que prevaleció en Sinaloa de 1934 a 1944, año en que feneció al ser asesinado en Mazatlán su fundador e inspirador: Rodolfo T. Loaiza. Su gran fuerza hegemónica radicó en la que le dio el presidente Lázaro Cárdenas y en la reconocida habilidad de su creador.

Sin embargo, el coronel Loaiza sudó la gota gorda para llegar a ser electo gobernador constitucional de Sinaloa para el cuatrienio 1941-1944.

Las principales dificultades y escollos que encontró, no se debieron a su falta de sagacidad o pericia, que las tenía de sobra para dar y prestar, sino a los sólidos y macizos contrincantes que se le enfrentaron en la justa electoral.

Tres tigres de la política sinaloense participaron en esa reñida contienda que hizo historia por contundencia, agresividad, efervescencia y sorprendentes resultados: Rodolfo T. Loaiza, Ramón F. Iturbe y Guillermo Liera Berrelleza.

Todos eran conocidos en Sinaloa y contaban con un amplio currículum de servicios eminentes prestados a la Revolución y a los gobiernos emanados de la misma, pero además tenían padrinos y agarraderas sumamente poderosos.

Loaiza fue candidato independiente, respaldado por el presidente Lázaro Cárdenas, su entrañable amigo y supremo jefe; y también contaba con toda la fuerza política del gobierno del coronel Alfredo Delgado.

El ingeniero Liera Berrelleza, por su parte, fue postulado por el Partido de la Revolución Mexicana con la aquiescencia del general Ávila Camacho, candidato en ese año de 1940 a la Presidencia de la Republica.

Y el general Iturbe, que quería repetir en la gubernatura, fincaba a sus aspiraciones en su prestigio y popularidad que años atrás había tenido –ya menguados por cierto- y en el respaldo del Partido Democrático del general Juan Andrew Almazán, el opositor de Avila Camacho.

Rodolfo Tostado Loaiza había nacido en San Javier, San Ignacio, el 27 de junio de 1893.

Al iniciar su carrera militar en 1913, en el sitio de Mazatlán, a las órdenes de Juan Carrasco, obtiene el grado de capitán 1º (En esta etapa contrajo nupcias con doña Julieta Gómez Llanos, con la procreo dos hijos: Alberto y Olga. Los tres viven actualmente en México, DF.). Bajo el mando militar de Guillermo Nelson asciende a mayor.

En Ciudad Victoria alcanza el grado de teniente coronel bajo las órdenes del licenciado Emilio Portes Gil, gobernador de Tamaulipas. Loaiza le salva la vida al desbaratar un complot orquestado para asesinarlo. En agradecimiento se lo lleva a la capital de la Republica y lo conserva a su lado, siendo secretario de Gobernación, y cuando después llega a ser presidente interino, lo designa subjefe y luego jefe del Estado Mayor Presidencial. Ahí le otorgan el grado de coronel.

Loaiza fue un habilísimo político; dos veces diputado federal, otras tantas senador de la Republica, representando a Sinaloa, y, desde luego, gobernador constitucional del Estado.

Fue un hombre de baja estatura, regordete, simpático, agradable, de tez blanca e incipiente calvicie. Le gustaban las fiestas y las mujeres a morir. “No dejaba una para comadre

Le “encantaba cantary dicen que no lo hacia mal. No era un Pedro Infante pero se defendía. Era mundano y alegre como una campanita de cristal.

Fue creada la Dirección de Fomento y Obras Públicas del Gobierno del Estado, iniciándose diversas obras en las ciudades sinaloenses.

En Culiacán se construyó la Casa Hogar, el Hospital del Niño, dos pabellones en el Hospital Civil, fue prolongado el Paseo Humaya (Malecón) y remodelado el bulevar Madero. Se pavimentaron las calles Ángel Flores al oriente y dejo empezados trabajos similares en las calles de Zaragoza, Carrasco, Morelos y Donato Guerra. En Mazatlán se inicio la pavimentación de calles luego de concluidas algunas obras de drenaje; se terminó el edificio oficial del Gobierno del Estado y las oficinas municipales; se inició la construcción del hospital del puerto y se proporcionó ayuda para la edificación del estadio de béisbol.

Se introdujo la luz eléctrica en Concordia; el agua potable en Escuinapa y Guasave, así como Mazatlán, Navolato, Topolobampo, La Cruz y El Roble.

Además de la Escuela de Aviación, el régimen loaicista concentró en la ciudad de México a italianos, nipones, alemanes radicados en Sinaloa, creando a la ves comités de defensa civil; todo ello, a consecuencia de la conflagración mundial.

En 1943, en su último informe, el coronel Loaiza dijo: “De dos cosas tengo una profunda convicción: de que conservo la confianza del pueblo para seguir guiando sus destinos, y de que para mantener esa confianza, los mejores títulos han sido los propósitos hasta hoy realizados y los que me propongo realizar hasta el termino de un mandato que el pueblo me ha conferido

Su proditorio asesinato truncó este último deseo.

El reloj de oro Elgin del coronel Rodolfo T. Loaiza se paró exactamente a las 2 de la mañana menos 10 minutos del 21 de febrero de 1944. A esa hora igualmente dejó de vivir. Marcaba el tiempo de su proditorio asesinato.




Gabriel Leyva Velázquez, político y militar (1896-1985)



Desde México observaba atento el trabajo del gobernador Rigoberto Aguilar Pico, el general Gabriel Leyva Velázquez, presidente del CEN del PRI.

El leyvismo de la vieja guardia se agitaba en Sinaloa y afilaba sus armas, en tanto que los simpatizadores del divisionario, de nuevo cuño, como Bernardo Norzagaray, Joaquín Noris Saldaña, Chon Carrillo, Jesús Manjares, Clemente Carrillo y otros sinaloenses valiosos que colaboraban en el partido, preparaban maletas y elaboraban grandiosos planes para “sacra a Sinaloa del atraso y la incivilidad

Los senadores Jesús Gil Reátiga y el general Jesús Celis Campos, perdidas las esperanzas de suceder en el cargo al doctor Rigoberto Aguilar Pico, aplicaban sus energías y aprovechaban sus contactos para obtener jugosos contratos de obras públicas en las secretarías de Estado.

En el panorama político local sólo se escuchaba el nombre afamado agricultor Benjamín Romero Ochoa, político chapado a la antigua, generoso, con magnetismo personal, algo quebrantado de salud y terco en negar las circunstancias políticas que imperaban entonces.

Era Romero el candidato ideal de los agricultores y de la clase media urbana, como muchos años antes lo fue el general Ángel Flores, a la Presidencia de la República, con los resultados funestos que la historia ha recogido.

En Culiacán había nacido una empresa periodística: La Palabra, con la idea en un principio, de tener opinión y presencia en Sinaloa. Benjamín era socio fundador. Se calentó y el diario lo siguió en su aventura, que se convertiría en un fracaso, tanto para él como para La Palabra.

Romero difundía que el doctor Rigoberto Aguilar Pico auspiciaba su precandidatura. El gobernador ciertamente lo puso en la terna que presentó en Gobernación, en la que junto con él figuraban el profesor Luis Flores Sarmiento, alcalde de Culiacán e íntimo del pediatra, y el general Gabriel Leyva Velázquez, del que ya se sabía que era el amarrado.

La realidad era que la fuerza del leyvismo se sentía hasta en el último rincón de Sinaloa.

Gabriel Leyva Velázquez era un hombre alto, esbelto, rígido, sin llegar a ser magro; de color moreno cetrino, cara alargada, boca regular, frente alta, huidiza; cabello rebelde y negro. Su voz era de tonalidades suaves, aunque el general la engolaba con frecuencia para ponerla a tono con su figura hierática.

Dentro de su severidad poseía rasgos de fino humor. Cuando hablaba o cuando pronunciaba un discurso la mano le temblaba con un tic nervioso acompasado.

Le encantaban y le extasiaban las faldas femeninas, así también las fiestas y los bailongos. Era alegre como un cascabel prendido en el pecho de una guapa rubia o morena de cuerpo cadencioso.

Frente a las hermosas mujeres sinaloenses, Leyva se transformaba: sus ojos negros bailaban de emoción y recorría con su mirada lúbrica los redondeles turgentes de las apetecibles muchachas serranas, que, inocentes, parecían una ofrenda. Pero ¡ay!, mi general ya no era aquel gobernador garañon de 1935 que hizo furor en las cabeceras municipales de El Fuerte, San Ignacio, Sinaloa y Mocorito.

Fue un hombre bueno, demasiado bueno, noble, generoso, que nunca de propósito hizo mal a nadie. Muchas veces perdonó las flaquezas y fallas de más de alguno de sus colaboradores que se le salían del carril. Pero Leyva tuvo el pecado de ser muy susceptible al chisme y a la intriguilla palaciega. Creía que todos eran unos santos incapaces de mentir.

Había nacido en el poblado de los Humayes, San Ignacio, el 30 de junio de 1896 y falleció el 20 de marzo de 1985 en la capital de la República.

Su padre fue el maestro rural Gabriel Leyva Solano, el Protomártir de la Revolución, que hacía en ese tiempo su servicio magisterial por sus tierras piaxtleñas.